
Después de darse un baño y untarse por el cuerpo como todos los días la crema humectante los calores llegaron a su cuerpo.
Primero obvió esa sensación suponiendo que los 33° grados y la aceitosidad de la crema eran la culpable. Así que decidió caminar por la casa desnuda tratando de que alguna brisa rosara su piel.
Pero lo que obtuvo es que al sentir el aire sus pezones estos se erizaran, se convirtieran en dos pequeños bombones de chocolate deseosos de ser mordidos, engullidos por una boca hambrienta. Tenía ganas de tenerlo cerca y pedirle que se los chupe como lo solía hacer pero no era posible.
Ya sentía como sus entrañas le pedían algo para calmar esa sención de deseo, de calor…mucho calor, su calor corporal y el del ambiente. Su sexo palpitaba, así que corrio al sofá, apoyó las piernas en la mesa del living, las abrío como esperando recibir algo, cerró los ojos, pensó en un imagén (en sus ojos cuando le chupa “la conchita”) y se clavo un dedo.
Su dedo inquieto, jugaba con su clítoris suavemente, tocándolo con delicadeza cuidándolo, disfrutando de esa sensación rara que le hace estremecer todo el cuerpo. Entonces se acordó de aquel regalo de navidad que solo había usado una vez, las bolas chinas.
Saltó del sillón su búsqueda, sabía que las había guardado en algún lugar, no era posible que las pierda. Ah! aquí están! afirmó con vehemencia y una mirada pícara en sos ojos.
Volvió al sillón del living se acomodó, abrió las piernas de par en par, se chupo el dedo índice con ganas y nuevamente comenzó a masajearse su clítoris. Los pezones se ergían del placer, poco a poco sus caderas se contorneaban al ritmo del movimiento del dedo.
Ya es hora de mi juguete, de dijo. Se abrio la concha y fue intruduciendo la primera bola, un estremecimiento recorrio su cuerpo mientras su dedo seguía pegado al clítoris sin darse respiro.
Sentía como todo su sexo se expandía por la exitación y se metio la segunda bola. Se puso de pie para caminar un rato. El calor la envolvía a cada paso que daba por la habitación, se pellizcaba los pezones, hasta que el contoneo de las bolas adentro de su sexo le producía tal placer que cayo de rodillas en el sofá. Estando de a cuatro, comenzó a tirar de la cuerda y sacar una a una las bolas, despacío, gozando el momento.
Mojadas, así estaban las bolas, porque ella estaba caliente, su conchita palpitaba, entonces se clavo un par de dedos en ella y al sentir su humedad instintivamente se llevo los dedos para saborearla. Así en esa posición comenzo a tocarse, acariciarse con impetú, sus gemidos asustó al gato que la miraba extrañada en acostado en una esquina. Con la cabeza clavada en el almohadon del sofá, llegó al climax, sus piernas no daban más y su concha tampoco.
Cansada, relajada y satisfecha se recostó boca arriba en el sillón, con su Kitty a su lado que ya estaba más calma como su dueña.-
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